INTERNACIONALES
Cubanos lanzan un SOS: «El país ha colapsado, nos están matando en cámara lenta»
Bajo un sol abrasador, Yerandis, de 46 años, avanza por un camino rural en El Platanillo, Santiago de Cuba, arrastrando una carretilla desvencijada. Su objetivo: llenar varios tanques plásticos en un pozo a la ladera del monte. Lo acompañan dos de sus cinco hijos, quienes han abandonado la escuela para ayudar en casa y buscar la comida diaria. La familia vive en una choza de madera, desgastada por el sol y la humedad, y hace meses que no disfrutan de un suministro de agua potable regular.
“En mi barrio llevamos 80 días sin agua”, denuncia Diana, ama de casa desde Pinar del Río. La escasez de agua se suma a una serie de problemas que persisten desde el inicio de la pandemia. “Es un genocidio a conciencia”, sentencia, aludiendo a la guerra entre el gobierno cubano y Estados Unidos, donde los ciudadanos se sienten como escudos humanos.
Yerandis relata que los apagones son parte de su vida cotidiana. “Desde marzo de 2021, los cortes de luz más cortos son de doce horas”, explica. Su familia apenas recibe electricidad durante un par de horas cada dos o tres días, tiempo que aprovechan para ver algo en su viejo televisor. La cocina se hace a base de carbón o leña, y la comida es un lujo que escasea. “El plato fuerte casi siempre es fongo, yuca o boniato hervido”, dice, mientras recuerda que tuvo que sacrificar a sus cerdos por falta de alimento.
Las jornadas de trabajo son largas y la diversión escasa. “No hay discotecas, ni cines, ni bares. La candonga queda a diez kilómetros”, se queja Elaine, una jornalera agrícola. La situación en Songo-La Maya es crítica, con ciclos de abasto de agua que se extienden hasta siete meses. “Lo normal es tener luz dos horas cada tres días”, agrega, mientras observa cómo el gas de balita se ha vuelto un lujo inalcanzable.
La realidad de Cuba no es mejor en las ciudades grandes. Mercedes, maestra, revela que en Santiago de Cuba, los apagones pueden durar 30 a 40 horas. La delincuencia y el narcotráfico han crecido alarmantemente, y el miedo se ha apoderado de las calles. “Los jóvenes recurren a las pastillas o a la marihuana criolla”, apunta, mientras describe un entorno donde la prostitución se ha convertido en una opción para muchas jóvenes.
“El gobierno te advierte que no salgas a protestar, te amenaza con meterte en la cárcel”, continúa Mercedes, reflejando un clima de represión que impide la expresión de descontento. “Cuba ha colapsado, el gobierno nos está matando en cámara lenta”, concluye, dejando claro que la desesperanza se ha convertido en una constante en la vida de los cubanos.
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El testimonio de Yoel, residente en Urbano Noris, Holguín, resuena con una sensación de temor palpable. “Las bandas de cuatreros ponen en peligro nuestras vidas y las autoridades miran para otro lado”, dice, describiendo un país regido por la ley de la selva.
Amarilis, una jubilada de 75 años, se aferra a la esperanza de morir sin dolor. “He pasado de trabajar cinco décadas a depender de la caridad de mis vecinos”, confiesa con resignación. Y mientras el 90% de los cubanos vive en la pobreza extrema, la pregunta que queda es si el gobierno realmente se preocupa por su gente o si todo forma parte de un experimento para medir la resistencia de una población al borde del colapso.
Fuente: Versión Final
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